A principios de este año fui confrontado duramente por la sombría realidad de la muerte.

Primero falleció una amiga muy querida por causa del Covid, de apenas 23 años. Estaba embarazada y tenía un hijo pequeño. 

Luego, después de meses orando por una compañera de la universidad que había sido diagnosticada con Leucemia, ella también cerró los ojos a la vida. Era la prometida de un gran amigo.

Apenas unas semanas después descansó la esposa de un joven pastor, también compañera de clases de tan solo 19 años. Una noticia muy triste para toda la familia, que había hecho todo lo posible por su recuperación.

Entonces fue como si un velo se descorriera, y me confrontara yo cara a cara con una pregunta que, espero, todos nos la hagamos a tiempo: para qué vivo. Tener presente la realidad de la muerte, necesariamente debe cambiar la vida.

La muerte nos obliga a reevaluar todo, la muerte cambia las prioridades. ¿Qué sentido tiene trabajar por sobrevivir si aquello sería tan solo retrasar lo inevitable? ¿Le presentarás a la muerte tus títulos universitarios para persuadirla de retrasarse? ¿Traerás tus riquezas a sus pies?

Lao Tsé dijo: “Diferentes en la vida, los hombres son iguales en la muerte”. Y Horacio: “La pálida muerte lo mismo llama a las cabañas de los humildes que a las torres de los ricos”. Eso quiere decir que, sea pobre o rico, muy estudioso o analfabeta, diligente o perezoso, no escapo a la realidad de la muerte.

¿Para qué sirve la vida?

¿De qué le sirve al rico su riqueza? ¿De qué al sabio su sabiduría y al deportista su talento? ¿Qué recompensa tendrá el jornalero por su afán?  Si la vida no te va a dejar algo mejor que eso, entonces no vale la pena.

Preguntas y reflexiones como estas me batían una tras otra. Hasta que llegué a una conclusión.

Al finalizar te la contaré.

Entendiendo el Salmo 49

En vista de esa situación el Salmo 49 cobra mucho significado para mí, ya que su temática aborda de alguna manera ciertos elementos que son totalmente inútiles e impotentes frente a la realidad de la muerte; y en el transcurso de su lectura llega a asomar un asunto que compagina con la conclusión que extraje de mi experiencia.

Este Salmo empieza con un maestro que convoca a “todos los habitantes del mundo”, ricos y pobres, plebeyos y nobles, a escuchar y atender a su instrucción. Su clase es definida como sabiduría, inteligencia, parábola (o proverbio) y enigma (vv. 3-4).

Así que en esta introducción de 4 versículos queda claro el panorama, al menos en lo relativo al género y a la intención del Salmo. El género es sapiencial, didáctico, instructivo, con una pertinencia universal. Más que una oración, es una amonestación que surge de un proceso de reflexión personal.

Y la intención del Salmo es abordar el conocido dilema de la prosperidad de los ricos impíos o mundanos, pero no en el mismo nivel del Salmo 73, por ejemplo, que le aborda desde una perspectiva más personal; producto de una crisis de fe.

El enfoque del Salmo 49 está más centrado en la insensatez de las riquezas. De hecho, aunque el salmo es sapiencial, a la vez tiene un matiz de amonestación profética contra los ricos. Condena cualquier actitud de suficiencia, o la tendencia a oprimir a los más débiles.

Esto debido a que la muerte nos vuelve a todos iguales. Tal conocimiento debiera obligarnos a replantear nuestro concepto de la vida, indicar al rico que sus bienes no le autorizan a considerarse mejor, ni le dan libertad de actuar como le parezca.

El hombre por sus muchas riquezas jamás será capaz de redimir su propia vida. El que prospera, así como cualquier otro, es pastoreado mansamente hacia el seol. Y es por esa razón que ningún recto debe temer del rico o asombrarse por los bienes de aquellos, pues el mismo fin le depara; su vida tiene fecha de caducidad.  

Sin embargo, como en otros Salmos que abordan una temática similar a esta, el horizonte del recto no es oscuro como el del rico insensato; se muestra brillando con luz clara y resplandeciente.

El poeta califica el escrito como una “parábola”, lo que es bastante curioso y nos conduce a hablar de la estructura de la composición. El texto se divide en tres secciones:

La introducción del poeta, convocando a todos a escucharle y definiendo género e intención (vv. 1-4)

El poeta instruye sobre la inutilidad de las riquezas ante la realidad de la muerte (vv. 5-13)

En la tercera sección el poeta reflexiona sobre el consuelo que por el contrario es ofrecido a los justos (vv. 14-20)

Pero las dos estrofas culminan con un estribillo que da sentido al calificativo de “parábola”. Éste se repite en los versos 12 y 20, y se lee así:

“Más el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen” (v. 12)

“El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen” (v. 20)

Este es el dicho proverbial, y a la vez la parábola que sintetiza el contenido del Salmo.

El hombre, al igual que un animal, está destinado a perecer por causa del pecado. Lo único que podría distinguir sustancialmente a un hombre de un animal es su capacidad de razonar y ponderar; ni sus riquezas ni su honra pueden cambiar su destino.

Mas cuando el hombre se condena a sí mismo en la ignorancia, no razona, ni entiende, y perece sin Dios, no será diferente al fin del animal que por naturaleza no razona.

Antes de explicar el Salmo me gustaría detenerme un instante en el concepto teológico del rescate mencionado en los versos 7 al 9.

En Éxodo 13:13-15 se menciona algo de esta práctica israelita; que establecía un principio de sustitución: todo pertenece al Señor, por creación y redención, así que para poder conservar algo (ya fuera la primera cría de un asno, o un animal macho primogénito, o el hijo primogénito varón), debía darse algo a cambio, pagar un precio.

De esta manera se efectuaba el rescate. La ley también aplicaba, según Éxodo 21:30, cuando un buey propio acorneaba y mataba a otra persona. En ese caso, el dueño del buey tendría que pagar un rescate por su propia vida si así le fuese impuesto, o moriría.

Pero el salmista dice: “la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás (v. 8).  Eso equivale a decir que la muerte exige un pago tan costoso por el rescate de la vida que es imposible de pagar. Sencillamente, no podemos librarnos de ella.

El rescate de nuestra vida no podemos comprarlo con riquezas. En su lugar, Dios puede decidir rescatarnos por su pura voluntad: 2 Samuel 4:9, Oseas 13:14, Salmos 34:23.

Explicación del texto

Versos 1 al 4

El salmista considera que su instrucción merece ser oída por todos los pueblos, y todos los habitantes de la tierra. Por buena que sea, la intención puede parecer un tanto utópica. Más, la frase no quiere decir que el salmista asuma que se cumplirá.

Más bien, con ella destaca el carácter universal y la “omni-aplicación” de su amonestación. El mensaje es de tal importancia que merece atención de todo el que pueda escuchar.

Pero su mensaje no solo trasciende en el espacio, también en el tiempo. El término hebreo traducido por “mundo” es jeléd, que apunta a la duración de la vida. El slamsita está dirigiéndose a las generaciones sucesivas que poblarán este mundo. ¡Sí, a ti también te habla el salmista!

El verso 2, en lugar de coartar la extensión del mensaje, arroja luz por anticipado del tema del mismo.

Al mencionar a “los hijos de hombres comunes (plebeyos) [adám] y a los hijos de grandes hombres (nobles) [ish]”, a los ricos y a los pobres, el salmista no solamente está identificando a la humanidad con estos dos únicos grandes grupos, sino que está anunciando que su mensaje compete de manera muy especial a los que pueden incluirse dentro de ellos.

Recuerda que el Salmo finalmente tiene dos intenciones: animar a los pobres a no temer y envidiar; y por otro lado amonestar a los ricos a no dejarse engañar por las riquezas, ni oprimir al pobre.

En los versos 3 y 4 el poeta define la naturaleza del escrito: se propone hablar palabras de sabiduría e inteligencia; es decir, reflexión sapiencial. Y la forma final del escrito es una parábola.

Verso 5

La clase proverbial comienza con el salmista asumiendo el lugar del pobre, y pregunta: “¿Por qué he de temer en los días de mi adversidad, cuando la iniquidad de mis opresores me rodeare?”.

El oprimido evidentemente es el pobre. Mientras que el opresor inicuo es el rico. La cuestión es, ¿por qué temerle al rico cuando sus iniquidades atenten contra mí?

Como personas vulnerables es fácil sentir temor de aquellos que disponen de más poder y autoridad, por tener recursos y ejercer influencia. Sin embargo, si meditamos en esto con relación al fenómeno de la muerte, podremos advertir un asunto decisivo y frecuentemente pasado por alto.

Por grande que sea la jactancia de los ricos y poderosos de este mundo, son tan vulnerables como tú y yo al ciclo de la vida: morirán. Sí, y tendrán que rendir cuenta por sus hechos. Y recibirán conforme a sus obras.

Entonces, ¿Por qué he de temer a seres humanos mortales como yo? ¿Debiera yo asombrarme o envidiar su posición? Nos daremos cuenta que no. Y la conclusión del salmista está expresada de antemano. A la pregunta “¿por qué he de temer?”, la respuesta es: no lo haré. No temeré.

Versos 6 al 9

La primera razón que el maestro presenta para no temer se desarrolla en los versículos 6 al 12, y es que las riquezas, el poder y el talento son inútiles frente a la muerte.

Recuerda que esto es instrucción para los humildes y a la vez amonestación para los que confían en sus riquezas y son opresores.

El salmista observa la jactancia de los que confían en sus bienes y riquezas. Piensan que pueden hacer y deshacer como quieran. Pero hay una realidad que no pueden eludir: “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate”.

La negación en hebreo es enfática. Nadie puede, y de ninguna forma posible, librar a otra persona de la muerte. ¡Mucho menos a sí mismo!

El poder y las riquezas son insuficientes para pagar el rescate de una sola vida. Porque la paga del pecado es la muerte, lo sabemos. Y solo la muerte satisface esa deuda, nada más. En los cementerios no hay cajeros automáticos.

Así que aquellos que se jactan por sus bienes en el fondo son impotentes para siquiera preservar la vida. Más allá del valor que la sociedad le da, las riquezas no son nada. No pueden nada.

El verso 8 es un paréntesis de la frase final del verso 7, y explica que la redención de una vida es tan costosa que jamás será lograda.

Así que si alguien piensa que podrá salvar su vida o alargarla valiéndose de sus muchas riquezas está equivocado. El único que puede hacer esto es Dios. Y al oprimir a nuestros semejantes, o jactarnos de nuestros bienes, actuando como propios animales, nos estaremos alejando más que acercando a la vida divina.

El verso 9, que retoma el pensamiento del verso 7, afirma categóricamente que evitar la muerte será imposible.

Versos 10 al 13

En el verso 10 el salmista asume al rico como sujeto simbólico de la oración. Y dice: observa a tu alrededor, mira que aún los sabios mueren.

Esta palabra “sabio” podría significar una persona de talento o habilidosa. Como este “sabio” posee “riquezas” según el final del verso 10, asumimos que se refiere a una persona que posee la sabiduría que da este mundo; y la emplea para ganar riquezas y reconocimiento.

Estos sabios mueren, al igual que el necio y el insensato. Su mucha sabiduría, sus talentos y lo que han ganado con ellos no son suficientes para darles un final distinto del de aquellos que no saben ni tienen nada.  

Quizás ellos no declaren públicamente su vana confianza en tener larga vida y prosperidad. Pero el verso 11 dice que así piensan en lo íntimo de su corazón: que sus casas serán eternas; y por eso dan su nombre a sus tierras, y creen que sus habitaciones pasarán de generación en generación.

Pero se olvidan de que pronto sus nombres quedan en el olvido, y nadie más recuerda a quien poseyó aquella gran riqueza.

Por eso el verso 12 afirma que esa honra no durará para siempre, y que el hombre perecerá y será olvidado, así como un animal. ¡Ni siquiera durará la noche! (según el verbo hebreo). Por mucho que haga, logre y gane, el hombre muere. Y si oprimió a sus semejantes, ¿qué podrá esperarse de su recuerdo?

Es más, el hecho confirma el dicho. ¿De quiénes se hablaba en este Salmo? No tenemos ni idea. Sus nombres han quedado en el olvido.

Y aunque su camino es necia locura, lamentablemente sus descendientes seguirán en los mismos pasos; y se complacerán en las insensateces que sus antepasados decían.

Versos 14 y 15

Pero hasta aquí ¿qué buena noticia hay para los pobres oprimidos, aparte de saber que los ricos morirán como ellos? Hasta aquí ninguna.

Podríamos decir que hasta este momento la amonestación ha sido para los opulentos. Y es en estos dos versículos donde se presenta claramente la esperanza de los justos.

Los ricos, sabios e insensatos, no importa qué posean o qué sepan, de igual manera como animales serán conducidos al seol; donde la muerte será su pastor. Morirán y sus cuerpos serán destruidos, consumidos, muy lejos de sus propiedades; ahora el seol será su morada.

Pero en tanto, los justos se enseñorearan y gobernarán sobre ellos. El rico de Lucas 16 terminó condenado, mientras que Lázaro, pobre y lleno de llagas, acabó exaltado. Cuando la muerte pase factura, el rico será destruido, y el justo poseerá lo que un día perteneció al impío.

Pero es el verso 15 el que más me gusta. “Pero en mi caso, Dios redimirá mi vida; me arrebatará del poder de la tumba” (NTV), y destaco la frase final de la RV 60: “Porque él me tomará consigo”.

Así que, aunque la muerte no distingue entre ricos y pobres, nobles y plebeyos, sabios y necios, hombres y animales, ¡vaya que Dios sí distingue a los suyos! Y aquí en este texto encontramos otra sugerencia de la vida futura en el AT.

La muerte es inevitable, es cierto. Pero el poder de Dios es mayor que el de la muerte. Cristo venció la muerte, y destruyó el imperio de la muerte (Hebreos 2:14). Por esa razón, los creyentes tenemos nuestra esperanza fija en Dios más allá de la tumba.

El que pertenece a Dios, no será retenido por la tumba para siempre. “Él me tomará consigo”. Un verbo similar se utiliza en Génesis 5:24 al relatar la traslación de Enoc. El justo, sea pobre o adinerado, pertenece al Señor. Y eso es lo que marca la diferencia.

Sin Dios somos como animales. Pero con Dios somos príncipes y herederos de la vida eterna. Nuestra causa no es desesperada. No somos esclavos de la muerte. Estamos aguardando, esperando pacientemente que la vida de Dios se manifieste, cuando “sorbida será la muerte en victoria” (1 Corintios 15:54-55.

Es por esa razón que el pobre no debe temer ni envidiar. Su futuro es glorioso. Mientras la memoria de muchos, incluso la de aquellos que se jactan, perece con la muerte; la del pobre y justo se extiende por los siglos y se pierde en el horizonte.

¡Qué grandiosa esperanza la del verso 15! Dios me tomará consigo. Cuánto deseo que llegue ese momento.

Versos 16 al 20

La última porción del salmo culmina donde empezó: “no temas” (v. 16).

No temas cuando se enriquecen los hombres, ni cuando aumenta su gloria, pues la muerte pone fin a esos bienes. No se los puede llevar, ni descenderán tras él al sepulcro. Puede considerarse dichoso, pero su final es definitivo. “Nunca más verá la luz”.

Porque el hombre que está en honra y no entiende, es semejante a los animales que perecen.

Qué triste historia sería esa. Llegar a una edad avanzada, con mucho dinero y muchos bienes, haber maltratado a tus semejantes, y simplemente morir. Hasta allí llegó una vida malgastada. Los bienes acumulados ahora se pierden y se dispersan; y el recuerdo se pierde en el tiempo.

Por eso mi conclusión en aquellos días. La única vida que vale la pena ser vivida, es la que se emplea en invertir en el banco celestial. Así, ya sea que muera de 20, 30, 50 u 80 años, lo haga con la firme certeza de que el día de Jesucristo resucitaré a vida eterna.

La muerte me obliga a pesar en balanza todos los afanes, deseos mundanos, aspiraciones terrenales disponibles, y hallarlos faltos. Porque nada de eso me abre las puertas de algo más allá. Aquí lo vivo, y aquí se queda. Prefiero, y preferiré siempre a mi Jesús.

Y ojalá que si te toca pasar por la muerte, ese día tú y tus familiares puedan tener la seguridad de que te volverán a ver, en poco tiempo. Es el mejor regalo que podrías darles. Pido eso a Dios para ti.

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